Tenía que salir corriendo de casa, había
quedado a las 15:00h con un chico con el que llevaba un par de meses quedando.
Era la primera vez en mucho tiempo que volvía a tener una cita y ya llegaba
tarde. Él estaba ahí en la puerta del restaurante en el que habíamos quedado,
Benjamin llevaba una camiseta blanca básica, un chaleco negro y unos pantalones
del mismo color que el chaleco. Llevaba algo en la mano pero era incapaz de
verlo. Me acerqué y le saludé dándole dos besos, Benjamin estaba nervioso,
podía notarlo. De entre las manos sacó una preciosa margarita. Me sonrojé y me
lancé a darle un abrazo. Me abrió la puerta de aquel restaurante y me ofreció
pasar, le sonreí mientras olía aquella margarita. Comimos. No podía evitar
sonrojarme cada vez que me miraba. Al terminar de comer, pedí a Benjamin que me
esperase fuera del restaurante ya que tenía que ir al lavabo. Al salir del
baño, le vi, me miraba desde la otra punta del restaurante. Estaba sentado solo
en una mesa. Me saludó. Salí corriendo de ahí, estaba acelerada y cuando vi a
Benjamin, mi corazón no redujo su velocidad. Benjamin me pregunto que era lo
que me pasaba, le pedí por favor que nos marchásemos de ahí. El accedió
encantado. En aquel instante no quería estar con él. Le mentí. Le dije que me
tenía que ir a casa a llamar a mi madre. Nos despedimos y le dije que ya le
llamaría. Salí corriendo de ahí. Al llegar a casa, me senté en el sofá y le
recordé. No había ido a buscarle pero el vino a buscarme a mí, como podía
haberlo hecho. Yo no le había ido a buscar porque era incapaz de verle. Siempre
que miraba aquellos ojos oscuros, mi corazón se aceleraba y la temperatura de
mi cuerpo aumentaba. Me despertó de los pensamientos, que alguien llamase a la
puerta. Me coloqué bien el vestido y fui a abrir la puerta. Le vi. Intenté
cerrarle la puerta pero él me lo impidió plantándome un beso. Me empujó hacia
dentro y cerró la puerta. Le aparté y le dí una bofetada. Se puso su mano sobre
la mejilla y mostró dolor. Me preguntó cual era el motivo por el que nunca le
había ido a buscar. No le contesté. Me agarró por la barbilla y me volvió a
hacer esa pregunta. Intenté contener las lagrimas pero no resultó. Él lo único
que hizo al verme llorar fue abrazarme con fuerza. Yo también le abracé. Sus
manos comenzaron a desabrocharme la cremallera del vestido. Se lo impedí, no
quería hacer eso, no quería se un simple juguete. Fue como si él me leyese la
mente diciéndome, que para el yo era más que un juguete. Me dí la vuelta, le
daba la espalda esperaba que el entendiese que quería que se marchase pero en
cambio, lo que hizo fue acercarse. Sus manos comenzaron a acariciar mis brazos,
la piel se me puso de gallina. Él lo notó y me besó el cuello. Eso hizo que me
girase bruscamente, posé mis manos sobre su pecho. Le dije que si quería podía
pasar la noche en mi casa. Fui a mi cuarto y le saque unas mantas. Me miró
extrañado y me preguntó donde iba a dormir. Yo le respondí que en el sofá, le
dí las buenas noches y me metí en mi cuarto. Me quité el vestido y me quité el
sujetador. Empecé a buscar en el armario un pijama. La puerta se abrió de
sopetón y él se abalanzó sobre mí. Le empecé a aporrear y a chillar. Él me
calló con un largo e intenso beso. Estaba en calzoncillos. Me tumbó sobre la
cama y me agarró por los brazo, me fijé en sus fuertes brazos. Me empezó a
besar a lo largo del cuello. Sus manos acariciaban mis pechos y bajaban a lo
largo de mi cintura. Nos deshicimos de lo que quedaba de ropa interior.
Aquella noche fue maravillosa. Me levanté de
la cama y me dí cuenta de que ya no estaba ahí. Pero vi una camiseta y una nota. En la nota ponía:
“Ya sé que no te gusta esto pero dejo esta
camiseta para la próxima noche que vuelva a buscarte y cuando vuelva, nunca nos
separaremos, te lo prometo.” Te Quiero.
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