sábado, 9 de junio de 2012

Carta de una suicida.


“Todo es distinto desde aquel día. Te esperaba lo más guapa posible. Lo habíamos dejado pero nos seguíamos queriendo. Pasaste a mi lado y no me hiciste ni caso. Me acerque a ti y me agarré a tu mano. Esto cambiaría nuestras vidas. Estaba sola en el mundo pero cada vez que te miraba me sentía protegida. Me miras extraño y me sueltas. Me preguntas que es lo que hago. Te sonrío y digo que coger a mi futuro esposo de la mano. Su cara se queda pálida y me empieza a llamar loca. Se marcha. Él es psicólogo, lo sé porque su clínica está cerca de mi piso y siempre le veo. Me acerqué a coger una tarjeta. Y así poder escuchar su voz. Le hablaba. Los dos lo notamos aunque él no quiera aceptarlo. Él sabe todo. Él sabe que estamos separados pero al mismo tiempo juntos. Los dos hacemos lo mismo, no lo niegues. Miramos a la nada. No entendemos que es esa sensación que notamos al estar junto. Todo cambia. Todo es distinto. Son sentimientos extraños. No necesitamos palabras para comunicarnos pero no nos entendemos. Es raro. Nos miramos y sonreímos. Noto que estás detrás de mí pero me giro y no te encuentro. Sé que cuidas de mi en silencio. Los dos sabemos que nunca nos encontraremos y si lo hacemos no sabremos lo importante que seremos el uno para el otro. No nos conoceremos. Encontraremos a personas distintas que llenen este vació. Iré a buscarte y no estarás. Ya no te busco ni te veo como antes. ¿Has desaparecido? No. ¿Te has mudado? No. ¿Estás intentando olvidarte de mí? No y sí…. ¿Entonces? No te conozco, me persigues, dices que me quieres, que estamos hechos el uno para el otro y todo es extraño….incluso creo que me empiezas a gustar. ¿Eso es bueno no? Claro que no, vengo aquí solo unos días y luego volveré al lugar del que provengo a seguir mi vida. ¿Y no puedes seguir tu vida a mi lado? No. Pero yo te quiero. Yo no, Adiós!”
                                                                                     Una psicópata.

Cuando llegamos al edificio y entramos  su piso, vimos a una bella chica. Su piel era de un color de caramelo pero tenía un tono plateado debido al frío, su pelo era largo y oscuro, tenía puesto un vestido blanco que estaba manchado de un color rojo intenso que brotaba de sus brazos. Era una escena tan perfecta, horrible, tétrica y extraña. Sus ojos estaban cerrados y tenía una flor a su derecha. En el piso hacía frío. Estábamos en invierno. La encontramos apoyada sobre una caja de madera, estaba de rodillas con la cabeza apoyada sobre los brazos y aquella nota, cuando la vimos pensamos que estaba dormida pero al ir a verla comprobamos lo que sucedía. Al tacto estaba fría. No llevaba zapatos y el piso estaba vació pero lleno de papeles. Cogí uno y comprobé que eran dibujos, historias, etc…. Nadie sabía el nombre de aquella chica. Se le organizó un funeral, sentía la necesidad de ir, me puse el traje negro y me coloqué la placa, me despedí de mi mujer y fui hacia el cementerio, era un día lluvioso. Solo estaba yo en su funeral. Cuando cogí el coche para marcharme a casa pude ver como se acercaba un hombre vestido de negro con una rosa en la mano a la tumba de aquella misteriosa chica. Arranqué el coche y me marché a casa. Todavía guardo los papeles que me encontré en su casa y todavía cada noche les cuento a mis hijos y a mis nietos la historia de la chica misteriosa.